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AGAPITO GARCÍA GONZÁLEZ (SERRANITO) "60-67"

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Serranito nació, creo yo, al mismo tiempo que Agapito García, un 14 de mayo de 1941 y, si hacéis cuentas, veréis que ya es un carroza.

No se puede decir que fuera un dechado de perfección, pues aunque tampoco era enfermizo, a los nueve años, cuando dejó la escuela para ayudar a su padre y hermanos en las labores del campo, {cuidar cabras, arar, trillar, etc.), era un niño triste, serio, frágil, muy rubio, casi jaro diría yo, feo, tímido y mas cortado que una monja en un cabaret. (En esto no ha cambiado mucho, sigue siendo igual.

Su afición a los toros pienso que nació con él, se fue fomentando viéndoles en el campo, cómo pastaban y se hacían tíos, aliado de la Suerte Ampanera, donde tenía las cabras el tío Manolo, o el tío Tadeo, como llamaban a la familia de su padre.

Allí recibió el primer susto de un toro... Y aunque os hayan dicho lo contrario, nunca fue lo que se dice un valiente; aunque su afición y conocimiento lo fueron transformando.

Iba andando por encima de una tapia cuando, de repente, una mole negra con cuernos salió de estampida por debajo de ella. No se sabe si el susto fue más grande para el uno o para el otro; Serranito se cayó de la tapia y salió corriendo en busca de su padre, tenía entonces siete años.

Era vecino de Santiago García, "El Tranquilo", en la calle Capitán, barrio de la Plazuela de Abajo, y la primera vez que cogió un capote no podía ni moverlo, pero sentía una extraña sensación. Pertenecía al matador de toros Juan Montero, regalado a Santiago por medio de su padre, Atanasio, que iba con él de picador.

A los once años, el padre de Serranito estaba muy enfermo y tuvo que vender las cabras. Sus hermanos Manolo y Tomás, estaban ya casados y su padre les compró una yunta de borricas para que siguieran labrando las tierras durante unos años. Más tarde, estuvo de criado con Aquilino Corral, al sur de donde ahora está ubicado Tres Cantos. Hizo de albañil, después de vaquero, picapedrero, chapista y, por último, de gasolinera. Como veis, su vida, o más bien su infancia, no fue un camino de rosas, pero así era la mayoría de los chicos de aquella época.

El gusanillo del toro se le fue metiendo más y más dentro. En su casa, en el campo y en la calle se hablaba de toros. De niño, su juego favorito era "Jugar al toro". A su amigo y vecino Santiago le veía como a un maestro.

Hasta tenía capote y muleta, y, de vez en cuando oía, que le llevaban a los tentaderos!. Sentía envidia a la vez que se sentía desgraciado; no sólo porque tenía que ir al campo, sino porque no se atrevía a decir a nadie que quería ser torero, y menos a su padre. Mientras EI Kiri, El Tranquilo, Cotola..., andaban toreando por los pueblos.

Un día de invierno, dejó las borricas con Rafael Nogales (Mochuelo), y se marchó a un herradero de los Eulogios. A los dos días, cuando volvió a casa con el pantalón roto dijo, que había sido en una zarza, (para mí que su padre no se lo tragó, pero no dijo nada). Oía lo que decían por ahí, pero cómo se iba a imaginar que su hijo pequeño quisiera ser torero iNada, tonterías de la gente!.

Pero mira por donde, un día le dicen que su hijo torea de sobresaliente con Ginesillo, un chaval de pueblo, en Hoyo de Manzanares.

Serranito no sabe cómo va a ser la tormenta, pero la tiene encima. Le cayó el chaparrón, pero nada en comparación con lo que le esperaba; su padre le habla de hombre a hombre como no lo había hecho nunca. Entre otras cosas le dijo: "no quiero que la gente se ría de mi hijo". A partir de aquel día, Serranito quiso y respetó a su padre más que nunca, pero no por eso desistió de su idea de ser torero.

Para empezar a realizar cualquier oficio se necesitaban herramientas y Serranito necesitaba trastos, es decir capote y muleta, de segunda mano, claro. ¿Cómo lo consiguió?, pues como todo en su vida, a base de sacrificio, haciendo horas extras de albañil, buscando y vendiendo chatarra, etc. Y, desde luego, no gastándose ni una peseta. Basta decir, como ejemplo, que estuvo siete meses sin ir al cine, único sitio de entretenimiento los domingos en aquellos años.

¿Cómo sería su primer traje de luces (seguimos con segunda mano), que le costó 300 pesetas, cuando el alquiler era aproximadamente 250 pesetas?. Pero os aseguro que se sintió muy orgulloso de usarlo. Pero bueno, volvamos atrás.
Había oído que en Salamanca había muchos tentaderos, que los ganade­ros dejaban torear a los capas después de que toreaban los maestros, por lo tanto, era fácil torear y aprender.

A los 16 años, un 4 de febrero, frío y con niebla, acompañado de otro colmenareño, también tentado por la ilusión de ser torero, apodado Trifín, se marchó a Salamanca en busca de Dios sabe qué.

Pero al día siguiente de llegar a Fuentes de San Esteban y tomar contacto con el hormiguero de capas que pululaban por todas partes, en busca, tanto de un tentadero como de conseguir un trozo de pan, el alma se le cayó a los pies.

Los más viejos y expertos trataron de sacarles el poco dinero que tuvieran (Creo que Serranito llevaba 300 pesetas y el otro poco más o menos), a cambio de información que no tenían. ¡Quemas hubieran querido ellos!. El caso es que su compañero Trifín decidió volverse a casa, y allí se quedó él sólo en medio de aquella jauría de hambrientos, que más bien parecía la quimera, no del oro, pero si del toro.

También estuvo tentado de volver a casa con su compañero, pero no sé si pudo más la vergüenza del fracaso, el orgullo o la afición que sentía, el caso es que se quedó a ver si era capaz de aguantar, y hasta dónde. Se propuso sobrevivir a costa de lo que fuera. Y aguantó.

Según pasaban los días aprendía mejor a viajar en el techo del tren, a esconderse del revisor, que yo creo que hacía la vista gorda, que a torear.

Pienso que había mas capas que vacas en Salamanca. Los hoteles, es decir, los pajares, estaban llenos de noche, incluso algunos días lluviosos.

El conseguir tentaderos iba en consonancia con los kilómetros que andu­vieran y ganaderías o fincas que recorrieran, pues si alguien se enteraba de alguno, se cuidaba muy bien de no decir nada a los demás.

Consiguió varios tentaderos y las capeas de Ciudad Rodrigo, donde no pudo dar ni un sólo capotazo. Se orientó y se fue a la capea de Fuenteguinal-do, en la que, al coincidir con la de Ciudad Rodrigo y ser menos famosa, había menos capas y tocaban a más "pepas”...  Allí uno de los compañeros estuvo a punto de morir a causa de los juláis (los capas Llamaban así a los mozos de los pueblos).

Resumiendo, toreó poco pero aprendió mucho. Vio el dominio y facilidad de los maestros Gregorio Sánchez, Julio Aparicio, Joaquín Bernardo, Cami­no, Puerta y otros.

A los capas no les importaba dejarse matar en las capeas por unos duros, y no se quedaban quietos con las vacas de tentaderos.

Algunos llevaban varios años por allí y sabían mejor cómo robar una gallina sin hacer ruido, que conseguir un tentadero.

También descubrió que la comodidad y la pereza eran malas consejeras. Sabía que no era ninguna lumbrera, que no tenía mucho valor y sí muchos complejos, pero, a cambio, tenía mucha afición y tendría que luchar mucho masque otros mejor dotados para conseguir el éxito, si es que lo conseguía.

Este pensamiento y el recuerdo de aquel invierno no lo olvidó nunca, y, en muchas ocasiones le ayudó a salir de apuros.

En un tentadero, oyó por casualidad, refiriéndose a él "¡Qué pena que no tenga un poco más de valor, pues tiene cierto gusto y sabe el toreo que quiere hacer!".

Había toreado Manolo Escudero una becerra maravillosamente bien y después le dejaron a él. No debió de estar mal, mejor dicho, debió de estar muy bien pensando lo poco que sabía, pues cuando salió la siguiente vaca, grande, con fuerza y dificultades, le dejaron salir pronto, pienso que para probarle, se quiso quedar quieto y echar la pata "p'alante", in tentando torear como a la anterior becerra, pero no podía; quería y no podía. ¿Era miedo?. ¡Claro que sí!, y ¿quién no lo tiene cuando se sabe inferior, inseguro y falto de oficio?. La voltereta fue mayúscula. Una cosa es torear y otra muy distinta es dar pases.

Para dominar un animal con presencia y fuerza, hay que tener algo más que ilusión. Hay que tener oficio, es decir, conocimiento del tema, pero esto lo piensa ahora. Entonces dio lugar al referido comentario, que se le quedó grabado.

¡Tenía miedo!, ¿Qué pasaría cuando se encontrara con un novillo de esas condiciones, delante, y el público detrás?. Yo creo que eso era ser responsable y la responsabilidad siempre da miedo.

Por entonces eran novilleros El Kiri y El Tranquilo, y para Serranito era la única fuente de aprendizaje. Y aunque tenían muy distinta manera de hacer y concebir el toreo, era con quien únicamente podía entrenar.

Se dejaron convencer para entrenar al amanecer, puesto que tenía que ir a trabajar con los albañiles después.

Toreó trece novillos, no novilladas, por los pueblos, dos de ellos con los charlots, antes de debutar con picadores.

Pero primero voy a contaros una anécdota referente a los sustos que pasaba Serranito. Fue en Miraflores de la Sierra el 16 de agosto de 1.960. Había toreado nueve novillos y, como es lógico, su experiencia era escasa, pero ya estaba contratado para torear con caballos en la Feria de Colmenar doce días más tarde...

Al llegar a Miraflores, tanto los banderilleros como Serranito se subieron por los palos que hacían de chiqueros con el fin de ver los novillos Serranito exclamó: "los cabestros están aquí, los novillos estarán por ahí"; la sorpresa fue mayúscula y el miedo mayor cuando me contestaron que ellos eran los novillos que tendría que matar.

 El sobresaliente lo arregló (un mozo alto, fuerte y con un vestido precioso) al decirle: "Tú eres el matador". Cosa rara, "me han dicho que tendría que matar yo los toros". Después Serranito conseguiría el mayor de sus triunfos sin caballos, 4 orejas y 1 rabo.

A mi juicio existen distintas formas de experimentar miedo o valor. Me explicaré:

A.- Valor o miedo natural es el que nace y muere con la persona, incluso con los animales.

B.- El valor de la ignorancia. Hay quien no tiene miedo a algo que desconoce. A lo que se expone. A esto, a veces, se le llama, equivocadamente valor.

C- La ausencia del sentido del ridículo puede parecer valor.
A mi parecer, el valor consciente no es, ni más ni menos, que la seguridad en uno mismo.

Por eso es tan difícil pronosticar si un muchacho puede o no llegar a ser figura del toreo, porque aparte de la influencia de las circunstancias, que son muchas, se puede apreciar cómo al empezar, un principiante es aparente­mente muy valiente, pero según va aprendiendo y aumentando su experien­cia, su valor va disminuyendo. Esto es muy frecuente.

Este, creo yo, no fue el caso de Serranito.
Sabemos que, al principio, se decía de él que era poco valiente y, sin embargo, cuando se tuvo que enfrentar a las corridas duras y difíciles, se decía lo contrario. ¿Qué paso para esta transformación?. Veamos si soy capaz de analizarlo sin que se me tache de pedante.

Su toreo no fue de masas, no era tremendista, no toreaba para el gran público, sino más bien para aficionados, buscaba el toreo clásico, una mezcla de técnica y de arte y, sobre todo, echar la pata "p'alante"; cargar la suerte era su obsesión. Esto es lo que había oído y leído de Juan Belmonte, al que nunca había visto torear más que en las fotos y libros de los Salcedo y Bollaín, y así fue la faena que realizó a un gran novillo de Félix Gómez en la plaza de Colmenar y a otro en Alcázar de San Juan.

En mi opinión, fueron las más artísticas que realizó de novillero. Yo diría que fue como a él le hubiese gustado seguir toreando; pero, como he dicho antes, el toreo es víctima de las circunstancias.

Por ejemplo: Serranito gustaba de poner banderillas en sus principios, pero como todo lo hacía con mucha intuición y poco oficio, era muy irregular, lo que unido a sus pocas facultades físicas, hicieron que dejara de ponerlas en favor del último tercio (la muleta).

Le cogían poco los novillos y después los toros, pero cuando lo hacían, casi siempre lo herían. Pasó cinco veces de novillero por el quirófano, y cuatro de matador.

Al igual que sin caballos, toreó poco en novilladas picadas, por lo que llegó verde a la alternativa.

El éxito en las Ventas durante la Feria de Otoño del 63, le hizo tomar la alternativa al año siguiente en San Isidro, primero con la promesa de torear dos corridas, después una; La tomas o la dejas.

Como era lógico, tuvo muchos altibajos; unos, debidos a las cornadas en momentos inoportunos, y otros, a la falta de experiencia, pues ésta sólo se adquiere toreando mucho. No era fácil competir con las figuras y tratar de ganarles la pelea, aun poniendo mucha ilusión y habiendo cobrado dos cornadas graves el primer año de alternativa. Tan pronto tenía que saludar con la montera por un quite, o le daban una oreja por una buena estocada, como pegaba un petardo y, lo que era peor y más le dolía, la inseguridad con que se veía delante de los toros.

Mientras esperaba que le saliese un toro que le devolviese la seguridad perdida, cada vez tenía menos contratos y peores corridas, estaba cayendo en el clásico bache de toro grande y billete chico.

Le ofrecían, y gracias que lo hacían, las corridas consideradas como duras, de Guardiola, Miura, Pablo Romero, y las del Tío Picardías. Con estas corridas no podía hacer el toreo que le gustaba, pues, además, tenía, como todos los toreros que querían ganar posiciones, la necesidad de cortar las orejas a los toros que tuviera delante.

Fue cogiendo oficio, convirtiéndose poco a poco en un torero más seguro y valiente (al menos eso decían), sin perder el gusto en los toros que se lo permitían. Pero aún le faltaba mucho por aprender.

Al principio de su último año de actuar en los ruedos, (como sabéis sólo llegó a los cinco años de matador de toros, que es tanto como decir que terminó su carrera cuando la estaba empezando), pasó por un bache en el que la mayoría de matadores se hacen banderilleros, del cual, muchos, con lógica, pensaron que no saldría, pero, a veces, la fe mueve montañas.

A Serranito no se le olvidaron las fatigas de su infancia, recordó las cala­midades que pasó en Salamanca, lo que le costó llegar a matador de toros. Estaba demasiado curtido para abandonar por una crisis moral o profesio­nal, que, aparentemente, no podría superar. No estoy, ni por asomo, seña­lando que fuera superior a nadie, ni mucho menos. Ya hemos dicho los muchos defectos que tenía, pero poseía una gran virtud: la constancia, que es algo que no se puede heredar. Mi mujer lo llama cabezonada, hay distintos nombres para casi todo.

Seguimos en su último año, en el que aprendió, o mejor dicho, le enseña­ron a manejar el capote. Fue en la Casa de Campo un muchacho que aún sigue con la ilusión de las capeas, aunque ahora se dedica a otros quehaceres. Cuando se quiere aprender no importa dónde ni de quién.

En el toreo de antes se aprendía, no se enseñaba y cada cual lo hacía como podía, según sus propios recursos. Afortunadamente, en la actualidad ha cambiado mucho.

Su punto flojo y pesadilla seguía siendo la espada, la que redondeaba o no el éxito. Por algo le llaman suerte suprema.

En una ocasión, Zabala encabezó una crónica de una corrida, de esta forma: "Serranito entró a matar entregándose a morir". Tenía razón. Era su tercera actuación como matador de toros y segunda en Madrid. Recibió una tremenda cornada al entrar a matar su primer toro.

Esto sólo lo hacen los novatos que tienen sed de triunfo a cualquier precio.

A los toros difíciles solía matarlos bien, en cambio a los que mejor toreaba, solía pincharlos con frecuencia, quedando el posible triunfo en agua de borrajas.

En uno de estos desastres con el estoque, en Barcelona, donde lo que debieron ser orejas se quedó en nada, Jaime Marco "EL Choni" le explicó la causa de su problema, tan perfectamente, que al brindarle en Santander su primer toro, dándole las gracias por el mejor y más práctico consejo que recibió en su vida taurina, le prometió no pinchar a ninguno esa tarde. Y así fue. Cortó tres orejas a una corrida fácil. Asimismo, en Barcelona cortó diez orejas en cinco tardes, y hasta su último toro en Benidorm, mató cuarenta y cuatro toros, pinchando solamente uno en la feria de Bilbao.

Con la tranquilidad y seguridad de tal lección bien aprendida, se permitió el lujo de gastar cierta broma a "El Caracol", en el momento de comenzar a hacer el paseíllo....

Hacía tiempo que "El Caracol" (que por entonces andaba toreando con las figuras), se jactaba diciendo que los toros de Miura son como los demás, pues nunca los había toreado y así decía en el patio de caballos antes de hacer el paseíllo. Estaba muy nervioso, mientras Serranito le metía caña con unas y otras bromas, incluso pesadas, hasta que llegó el momento en que los alguacilillos venían por nosotros, le dije: "Vicente, tranquilo, si los Miuras son igual que los demás". Quiso decirme algún disparate, pero como era tartaja, no llegó a decirlo, menos mal.

La tarde se le atragantó a "El Tino", mientras que para Serranito era el último éxito con los Miuras; 4 orejas y un rabo.

Ahora ya, con el pasado a mis espaldas, pienso y recuerdo: cuando un torero se viste de luces con orgullo, se va en el coche de cuadrillas hacia la plaza, vibra de emoción, sintiendo la atracción del riesgo como una droga que le empuja hacia el ruedo, superior ese placer a todo sentimiento de miedo, más fuerte que los instintos de conservación natural, algo inexplica­ble y, desde luego, nada parecido a lo que pueda sentir el profesional de otra actividad deportiva o artística.

Después venían las noches de insomnio, pensando y repasando lo que podría haber hecho y, quizás, si hubiera llevado de otra forma la lidia podía haber salido por la soñada puerta grande; y esperar con impaciencia la siguiente corrida para enmendar los errores y conseguir el triunfo.

Sin una afición sin límites, constancia, inteligencia, facultades físicas, en­trega absoluta sobre todo, esta profesión sería imposible de ejercer.

Naturalmente, cuando se empieza, estas cualidades se tienen en pequeña escala y se necesita tesón para desarrollarlas al máximo; al principiante le resulta difícil hasta llegar a moverse y pensar con facilidad delante del toro.

También recuerdo a muchos otros que llegaron a rozar la cúspide de la fama y desaparecieron del ámbito taurino, porque les faltó constancia y se debilitó su función. Abandonaron la lucha para dedicarse a otros quehaceres de la vida menos ingratos. Así es nuestra fiesta: bonita, llena de colorido, grandiosa, pero también tiene mucho de dramática y hay que pagarle su tributo.

Llegar a ser figura del toreo es casi un milagro, pero al que llega, podrá un toro quitarle la vida, la gloria, jamás. Al que no llega, le queda una juventud rota, desaprovechada. Me tomo el atrevimiento de compararlo con la suerte de matar: "Matar o morir; triunfar o fracasar".

Los amigos, que cuando el torero está bien, se hacen como uno mismo, y comentan con humor: "¡Qué bien hemos estado hoy, conque gusto hemos toreado!", la tarde del infortunio dirán: "Que mal ha estado hoy nuestro torero".

Hace ya muchos años, después de una desastrosa tarde, comentando mi mala actuación con el insigne catedrático paisano nuestro, ya fallecido, don Eusebio Criado, cuando yo me lamentaba de que alguno de mis amigos procuraban evitar encontrarme, me dijo: "Mira muchacho, eso no debe extrañarte; un amigo o dos los tiene cualquier persona, sea cual sea su profesión; tres o cuatro, muy pocas, y cinco o seis, nadie. Se tienen amistades más o menos sinceras".

En realidad, no he sabido nunca hasta que punto este señor tenía razón, porque alguno de los que yo consideraba mis mejores amigos, cuando llegaron los días amargos y difíciles de reconocer mi derrota y plantearme que no debía seguir toreando, me dieron de lado; y en cambio, algunas de esas amistades se unieron a mi infortunio y me apoyaron como verdaderos amigos.

Personalmente, soy un romántico de los toros (han sido mi vida), y pienso que si es importante sentir una ilusión, también loes la satisfacción de haber vivido, aunque haya sido en corto plazo, la profesión más bonita que existe.

 Si volviera a nacer, volvería a elegirla a pesar de lo pasado. Para terminar, puedo decir que en lo que se refiere a mi aportación personal y profesional a nuestra fiesta, me considero contento, aunque, desgraciadamente, no puedo decir satisfecho, puesto que me cortaron los vuelos demasiado pronto y no pude llegar a conseguir la única y gran ilusión de mi vida:

 Ser figura del toreo.

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Serranito (60-67)
Modificado por última vez enDomingo, 19 Enero 2014 23:48

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